una tabla de 200 kilos sobre mi espalda
zapatos de madera
corbata de plomo
una soga tirante sobre mi cuello
abrigo de lana mojado
un gorro de paja y pinches sobre mi cabeza
medias rotas
una bolsa de arena sobre mi pecho
cinta aisladora mantiene inmoviles mis piernas
un pantalon corto, demasiado
una camisa grande, demasiado
mi entendimiento sobre que es vivir
demasiado poco, demasiado.
LO OPUESTO AL HOMBRE ESTUCHE DE WALTER BENJAMIN, UNA MUJER SUELTA Y FIEL AL CARÁCTER DESTRUCTIVO QUE NECESITA HACER LUGAR...
lunes, 23 de marzo de 2009
miércoles, 18 de marzo de 2009
Culpable
El fin de semana pasado el barrio llamó tristemente la atención de todos. Ana Carla dejó de jugar en la plazita y todos sentimos esa ausencia aún sin conocerla. El barrio fue recorrido 915 veces por familiares, amigos y vecinos preguntando por ella y luego, fue mojado 915 veces por las lágrimas de todos al encontrarla muerta. ¿Es a la inseguridad, fantasma sin nombre y apellido, a quien debemos culpar?.
Mi Casa
En mi casa pasan cosas.
Mi sombra se ha depositado en el pez, que nada sin ganas por el fondo de la pecera. El cielo se ha tornado húmedo por partes. La ropa sucia ha hecho un piquete en la puerta del lavadero y no me deja entrar. Las revistas viejas se han desparramado por el piso y siguiendo el juego del bebé, se niegan a volver a su canasto ordenador.
Las risas y las quejas resuenan dentro de las ollas. El cansancio se instaló en el sillón y prefiere discovery channel. Hay de nuevo una guitarra y de viejo un piano. La hora de la cena se ha modificado.
Mi cuerpo fue primero alberue de vida nueva, luego cuna y aun permanece en estado de alimentación y suministro de cuidados.
Mi cuerpo se cansa y transpira leche y amor y enojos, todo mezclado. La alquimia de la vida hace de las suyas, y debo recurrir a lo que crea adecuado en cada momento, deshaciendo la mezcla, transformando el hechizo.
La confusión y el miedo asoman seguidos, no hay muchos acuerdos, pero vamos en camino. Los abrazos me ayudan. Tal vez haya que esperar.
Las tostadas crujen dulces en mi boca compensando el mate amargo de las mañanas. El barro de la bicicleta deja de vez en cuando las huellas de sus aventuras sobre la alfombra. El ruido de las voces extrañas penetran en mi habitación turbando la hora de la siesta.
El bolsillo no resise los vaivenes y necesita de costuras más de lo habitual.
Las conversaciones que no son mientras está prendida la tele. El llanto que no se permite gritar mientras intentamos disfrutar el día y aflora acorralado algunas noches entre caricia de amor y desvelos.
La cuchara juega a alimentar y termina en el piso. La frustración de la cuchara. La cara sucia del piso. Y la risa enorme del bebé.
Los cuentos de la noche han dejado de ser pero no me acostumbro, uno nunca es demasiado grande para los cuentos.
Los retazos de telas tiemblan ante mis arranques de creatividad. Con una relatividad asombrosa fluctuan los humores y papeles por la casa. Hay tanto desorden que nunca encuentro lo que busco y en su lugar aparecen nuevos deafios para transformar mi mundo.
En mi casa pasan cosas que no pasan en otro lugar delmundo. Aqui estoy, dispuesta a sumergirme.
Mi sombra se ha depositado en el pez, que nada sin ganas por el fondo de la pecera. El cielo se ha tornado húmedo por partes. La ropa sucia ha hecho un piquete en la puerta del lavadero y no me deja entrar. Las revistas viejas se han desparramado por el piso y siguiendo el juego del bebé, se niegan a volver a su canasto ordenador.
Las risas y las quejas resuenan dentro de las ollas. El cansancio se instaló en el sillón y prefiere discovery channel. Hay de nuevo una guitarra y de viejo un piano. La hora de la cena se ha modificado.
Mi cuerpo fue primero alberue de vida nueva, luego cuna y aun permanece en estado de alimentación y suministro de cuidados.
Mi cuerpo se cansa y transpira leche y amor y enojos, todo mezclado. La alquimia de la vida hace de las suyas, y debo recurrir a lo que crea adecuado en cada momento, deshaciendo la mezcla, transformando el hechizo.
La confusión y el miedo asoman seguidos, no hay muchos acuerdos, pero vamos en camino. Los abrazos me ayudan. Tal vez haya que esperar.
Las tostadas crujen dulces en mi boca compensando el mate amargo de las mañanas. El barro de la bicicleta deja de vez en cuando las huellas de sus aventuras sobre la alfombra. El ruido de las voces extrañas penetran en mi habitación turbando la hora de la siesta.
El bolsillo no resise los vaivenes y necesita de costuras más de lo habitual.
Las conversaciones que no son mientras está prendida la tele. El llanto que no se permite gritar mientras intentamos disfrutar el día y aflora acorralado algunas noches entre caricia de amor y desvelos.
La cuchara juega a alimentar y termina en el piso. La frustración de la cuchara. La cara sucia del piso. Y la risa enorme del bebé.
Los cuentos de la noche han dejado de ser pero no me acostumbro, uno nunca es demasiado grande para los cuentos.
Los retazos de telas tiemblan ante mis arranques de creatividad. Con una relatividad asombrosa fluctuan los humores y papeles por la casa. Hay tanto desorden que nunca encuentro lo que busco y en su lugar aparecen nuevos deafios para transformar mi mundo.
En mi casa pasan cosas que no pasan en otro lugar delmundo. Aqui estoy, dispuesta a sumergirme.
viernes, 6 de marzo de 2009
El vestido
La calle Buenos Aires resultaba especialmente visitada esa tarde de viernes. Se notaba que eran días de cobro. Yo buscaba un vestido que se adpte a los fríos que se avecinaban. Recorrí varios locales sin suerte. Las empleadas me miraban sin disimulo la zona de mi cuerpo más corpulenta y pidiendo disculpas me decian que no podian ayudarme. Cuestion extraña, al mismo tiempo yo estaba viendo que habia vestidos en las tiendas. Al insistir, y entre una sonrisa complaciente y molestia, solo obtuve la misma respuesta una y otra vez:
- Si, ¡pero no tenemos talles grandes!.
Traté de cerciorarme de ingresar a locales para mujeres adultas, y la misma situación se repetía, una y otra vez. Decepcionada, cansada, faltaba poco para que oscurezca cuando decidí sentarme un rato en un banco de la Plaza Alsina. De espalda a la calle más comercial, como si esa postura física de rechazo tuviera alguna importancia, y me quedé con la mirada perdida.
Pasados unos minutos miré atenta hacia adelante. Justo enfrente tenia el edificio de la Catedral y me invadió de pronto el deseo de visitar a Dios, sentirme aceptada, incluida en un plan, arte de algo sin importar el tamaño de mi trasero. Seguro que si el tuviera una tienda, pensé, tendria talles para todos. Seguro tendría el vestido perfecto para mi.
Crucé la calle con un semi sonrisa, subí por las escalinatas, atravesé las puertas grandes y respirando hondo me dispuse a sentirme parte de ese ambiente espiritual. De pronto, se acercó una señora, coqueta y delgada ella, caminando apurada hacia mi, me tomó del brazo y me acompaño hasta la puerta, hablando rápido, explicandome que la iglesia no estaba abierta.
-Pero, si está abierta, de hecho entre- insistí.
Y miré las puertas, y miré otra vez a la dama de singular maquillaje y rulos generosos, cuando me dejó en la vereda y cerró las puertas grandes.
Me quedé unos segundos allí, parada, mirando madera de la puerta, desconcertada.
Quizas Dios tambien tenga horarios, era lógico, no podria pretender molestarlo a cualquier hora, en cualquier momento...
Di la vuelta y volví a la plaza, cansada de tantos intentos frustrados de satisfacer mis deseos.
Tal vez tenga que dejar de querer cubrirme con un vestido nuevo o con el amor de Dios para sentirme aceptada , sobre todo mientras mantenga el capricho se asistir en horarios no previstos por la santa institucion y me empeñe en no disminuir unos talles.
- Si, ¡pero no tenemos talles grandes!.
Traté de cerciorarme de ingresar a locales para mujeres adultas, y la misma situación se repetía, una y otra vez. Decepcionada, cansada, faltaba poco para que oscurezca cuando decidí sentarme un rato en un banco de la Plaza Alsina. De espalda a la calle más comercial, como si esa postura física de rechazo tuviera alguna importancia, y me quedé con la mirada perdida.
Pasados unos minutos miré atenta hacia adelante. Justo enfrente tenia el edificio de la Catedral y me invadió de pronto el deseo de visitar a Dios, sentirme aceptada, incluida en un plan, arte de algo sin importar el tamaño de mi trasero. Seguro que si el tuviera una tienda, pensé, tendria talles para todos. Seguro tendría el vestido perfecto para mi.
Crucé la calle con un semi sonrisa, subí por las escalinatas, atravesé las puertas grandes y respirando hondo me dispuse a sentirme parte de ese ambiente espiritual. De pronto, se acercó una señora, coqueta y delgada ella, caminando apurada hacia mi, me tomó del brazo y me acompaño hasta la puerta, hablando rápido, explicandome que la iglesia no estaba abierta.
-Pero, si está abierta, de hecho entre- insistí.
Y miré las puertas, y miré otra vez a la dama de singular maquillaje y rulos generosos, cuando me dejó en la vereda y cerró las puertas grandes.
Me quedé unos segundos allí, parada, mirando madera de la puerta, desconcertada.
Quizas Dios tambien tenga horarios, era lógico, no podria pretender molestarlo a cualquier hora, en cualquier momento...
Di la vuelta y volví a la plaza, cansada de tantos intentos frustrados de satisfacer mis deseos.
Tal vez tenga que dejar de querer cubrirme con un vestido nuevo o con el amor de Dios para sentirme aceptada , sobre todo mientras mantenga el capricho se asistir en horarios no previstos por la santa institucion y me empeñe en no disminuir unos talles.
jueves, 5 de marzo de 2009
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